jueves, 24 de mayo de 2007

Breve tratado sobre los depredadores invisibles.

Se recomienda leer la Noticia Preliminar y el Capítulo Primero

Capítulo Segundo
Sobre los muchos rostros y las varias estrategias de asechanza de
los depredadores invisibles.

Conviene, cumplido el Capítulo anterior, tratar con menos metáfora el tema en cuestión. De cierto las impresiones etéreas que sentimos sobre la nuca o en el espinazo, pueden resultar del roce intangible con depredadores invisibles, mas de estos asuntos existen vastos escritos que no siempre arrojan luz, ni sombra. Este tratado no pretende ser un glosario, ni tampoco procura ser una recopilación anecdótica.
Limitémonos a pasar por alto los eventos terroríficos que dan vida a las conversaciones de vigilia, pues los seres que causan tales efectos, cuando llegasen a ser reales, no son tan invisibles como para escapar a nuestra atención. Los verdaderos e invisibles depredadores no precisan asustarnos para cumplir su cometido, pues encuentran su mayor éxito en la ignorancia total del hombre.
Pudiera decirse que sólo los depredadores torpes escandalizan su presencia con fenómenos de circo, que ponen sobre aviso a sus presas. Y esta alerta limita su condición al mínimo, siendo causa de su propia desgracia o de su ayuno involuntario.
Un hombre a la defensiva procura conocer la naturaleza de la amenaza que se cierne sobre él y no descansa hasta encontrar defensa contra ella. De esta suerte se incuban exorcismos, amuletos, bendiciones, unciones y ritos de toda clase que protegen contra el ataque o la asechanza de los seres que no podemos ver. Del mismo costal nacen pactos, sortilegios, evocaciones, invocaciones, oráculos y sacerdocios varios que juzgan propio el don de lidiar con las fuerzas invisibles. Todos nacidos de la concepción antropocéntrica de la supervivencia individual, que busca no sólo la integridad física, sino la prevalecencia del ser en su totalidad.
El hombre es del tipo de presa fastidiosa que huye con desenfreno cuando se siente débil, mas cuando se ve fortalecida, da caza y muerte a quien le amenaza. Por tal razón, los depredadores escandalosos terminan por ser presa o fenecen por falta de alimento. No tienen cabida entre los hombres.
En cambio, aquellos que no se hacen notar, se alimentan silenciosa y plenamente. Y por ser más prósperos, abundan y se multiplican a su modo. Son estos la verdadera amenaza para el Hombre.
De tanto habitar entre hombres, estos seres adoptan costumbres humanas y las sincretizan con sus propios hábitos, formando fibras amalgamadas que se entretejen en los siglos de Cultura e Historia de la Humanidad.
Si la semilla de la Cultura surgió primero en el Mundo Invisible o en el nuestro es una pregunta fuera de discusión, no por que la respuesta sea clara, sino precisamente por lo contrario. Cierto es que, llegada a nuestros días, la cuerda de la Historia es gruesa y muy densa, atestiguando el empeño continuado por sobrevivir de muchos hombres y de muchos depredadores invisibles, y de los engendros que ambos han incubado.
De tal naturaleza son las instituciones que aprisionan la Voluntad del Hombre desde su nacimiento.

Sobre la Familia.

La vida en familia es manantial de ímpetu y de frustración. Tanto nos da fuerza y determinación para cumplir con su propósito reproductivo, como nos disuade de satisfacer nuestros deseos individuales, atándonos a una realidad de pareja, de multitud. Es a un tiempo bella y terrible, imprescindible e indeseable, luminosa y sórdida, dulcemente familiar y tristemente ajena.
Allí donde el calor humano es tan cercano y concentrado, los depredadores invisibles encuentran guarida. Se prenden y chupan nuestra existencia con molestias propias del convivir, distrayendo nuestra atención, como hacen los grandes carnívoros con sus presas. Nos espantan en el momento y la dirección justos para conducirnos a su emboscada.
Al enfrentarnos antagónicamente con otros hombres, nos lanzamos en una estampida equivoca que nos conduce directamente a nuestra perdición. La continuada huída hacia el exterior con el propósito de luchar contra o por el Mundo nos hace más vulnerables y concede a los depredadores invisibles la ocasión perfecta para saciar su apetito. De la primera mordida sentimos ya la molestia que nos lanza a la lucha, y con la estampida dejamos expuestos los más sutiles miembros del Alma que son devorados con total impunidad.
Los conflictos de familia resultan absurdos. Se necesita menos de un pretexto para iniciar una disputa con las personas más cercanas y en cambio, esta pequeña inversión inicial produce una explosión de emociones y de acciones amplificadas que no se extinguen hasta consumir todos los recursos mentales y sentimentales de los involucrados. Cuando esto sucede, podemos asegurar que hemos sido presa de los depredadores invisibles. Nos han despedazado mientras nosotros intentábamos neutralizar al enemigo equivocado. Caímos en su emboscada de una manera ingenua. Fuimos víctimas de predación y de engaño.
Mas, antes de aceptar amablemente el consentimiento de los moralistas, que a primera ojeada perciben en estas palabras la defensa de la no-violencia, es deber aclarar un punto. Ciertamente somos despedazados cuando litigamos con otros, pero, acaso ¿no forma esta depredación continua y dolorosa parte del maravilloso equilibrio que nos lanza al Progreso?
La proyección hacia el exterior de la violencia no es otra cosa que el andar inseguro de un recién nacido, sin el cual este nunca llegaría a correr ligero.
Ciertamente es tierno observar los movimientos desatinados de un ser que apenas ha nacido y que no reconoce señal alguna de la Inmensidad que le rodea. Curiosamente, si los mismos movimientos fueran vistos en un adulto, producirían en el observador una impresión diversa. Pues, a tono de prejuicio, el recién nacido es inocente y el adulto es culpable de su condición.
Mas, la cuestión de la adultez del alma no es clara. ¿Cómo medir la edad del Alma de un hombre? ¿Cómo saber donde termina el tierno aprendizaje y donde comienza la maliciosa intencionalidad? Estas preguntas sin sentido invitan a reflexión sobre el tema de la Violencia y de la No-Violencia.
No hubiera sido posible comprender el principio de Indañabilidad sin sufrir en carne propia los más disímiles modos de Violencia Divina con que Dios equilibra el Universo. Y entre estos, la violencia familiar es uno de los más abundantes y necesarios entre los hombres. Por ello, antes de declinar la balanza en contra de la Violencia, debemos considerar el imprescindible role que ha jugado en el desarrollo del Hombre. Este argumento, puede levantar ronchas dicho de modo tan abierto, pero es uno de los conocimientos más preciados que la convivencia consentida con los depredadores invisibles puede dar. No se trata de Violencia o No-Violencia, se trata de Evolución. Sin dudas, la relación de los depredadores con sus presas es violenta, pero esta violencia es motor de Progreso, pues a fuerza de huir de la agresión, las presas se vuelven más aptas para sobrevivir.
De este modo, volviendo al argumento de la Vida familiar, la relación violenta entre las generaciones impulsa la Evolución hacia formas de violencia más eficientes. Y entiéndase aquí que generalmente hay divorcio entre la impresión de crueldad y la eficiencia de la violencia.
Una forma de violencia que engendra una respuesta de rechazo inmediata y enérgica termina por perecer, pues toda la energía descargada por el agresor se convierte en respuesta en la victima y rebota amplificada por el dolor.
En cambio, la violencia sutil y silenciosa, que pierde sus huellas en la marisma de impresiones contrapuestas, se acumula y se reproduce por su cuenta bajo del pellejo de quien la sufre. Y entre tanto, la carne de la victima se habitúa a este veneno y resiste mayores dosis sin dar respuesta. En tal caso, la Violencia deja de ser un sólido punzante y molesto, para volverse liviana y fluida come el aire. Ha llegado a un alto grado de Sublimación, siendo menos de este mundo y más del mundo invisible. Por ello los depredadores invisibles pueden sacar mayor provecho de ella.
Desde la infancia, un niño recibe gran presión de su familia, con el propósito de hacerlo mas apto para la vida. Y de este modo, el ambiente íntimo amplifica y sublima la violencia de la Sociedad.
La familia es como un lente con el cual toda la luz del Mundo se concentra en un punto diminuto. Dependiendo de su opacidad, este lente puede cegar de pavor a quien intenta mirar a través de él, o puede disfrazar temporalmente el dolor de lo real. Y es en esta inagotable gama de posibilidades donde los depredadores invisibles encuentran cabida. Logran especialización y destreza en ciertos menesteres, cultivando y cegando a los hombres como si fueran plantas de trigo, o haciéndolos pastar como ganado, o enjaulándolos como aves de cría. Para cada familia, para cada mundo íntimo, hay modos peculiares de cosecha o más bien, de consumo. Esta forma de predación organizada y hasta cierto punto consentida resulta muy eficiente. Es tal vez la forma de violencia más eficiente que conoce el género humano. Y al analizarla evolutivamente, vemos que mientras los hombres transitaban de una vida regida por la fuerza bruta a una sociedad estratificada y compleja, los depredadores invisibles pasaban de ser cazadores a ser ganaderos.
Las relaciones de familia dan el marco perfecto para el desarrollo de la actividad de ganadería de los depredadores invisibles. Tienen el espacio íntimo por zona de pastoreo. Utilizan las emociones como suplemento nutricional para engordar la psiquis del hombre y se alimentan de forma regular y controlada de las formas de pensamiento que el sufrimiento mental ordeña del alma humana.
Y como una granja auto-sostenible, cuando el número y la variedad de pensamiento del ganado humano hacen inestable la producción, el sufrimiento acumulado por años induce un cisma, para dar origen a una nueva familia, a una nueva granja. De este modo, los depredadores garantizan que su propia descendencia tenga asegurado el sustento, sin comprometer la supervivencia.
Este proceso cotidiano se proyecta como una sombra chinesca desde el universo intimo, escondido bajo el calor filial del Imum Coeli, hacia la notoriedad social del Cenit. Por ello las instituciones sociales manifiestan la misma tendencia auto-conservativa de la familia, delatando la presencia de los depredadores invisibles.
Sobre la Sociedad.

Las instituciones por si solas son cascarones huecos e inertes donde los hombres depositan su confianza y su energía, a modo de una banca, de la cual pueden obtener un préstamo cuando su fatiga les lleva a la quiebra. Los depredadores invisibles actúan como banqueros, cobrando los intereses y condicionando los préstamos.
De nuevo aquí queda planteada la interrogante que nos acompaña siempre que hablamos de los depredadores y de sus presas: ¿Aprovechan los depredadores la tendencia gregaria del ser humano para alimentarse a través de las instituciones, o promueven activamente las agrupaciones de hombres para facilitar su labor de ganadería? ¿Dónde surgieron las instituciones sociales, en la necesidad de los hombres o en la de sus depredadores invisibles? Esta cuestión queda todavía sin respuesta.
Es inútil separar en discurso al ser humano de los depredadores invisibles. Desde sus orígenes, el hombre ha estado acompañado de sus depredadores, o tal vez sea justo decir, que los depredadores invisibles y los hombres se han acompañado mutuamente en el camino de la Evolución. Por ello, sea de uno o de otro la necesidad, se hace necesidad de ambos. Sea uno u otro el origen de la Sociedad, se hace indistinguible y, lo que es más importante, irrelevante.
La relación entre las instituciones y sus miembros, más que una auténtica predación, resulta una simbiosis entre los depredadores invisibles que administran el depósito energético colectivo y los seres humanos que comulgan individualmente. Sin la cohesión y la protección de sus pastores invisibles, el ganado humano estaría expuesto a la predación indiscriminada y tal vez insostenible de los depredadores solitarios, que no tienen reparos ni escrúpulos al saciar su apetito. Esta es la creencia tácita de muchos hombres, y al parecer, de muchos depredadores invisibles.
No se puede ignorar, sin embargo, que otros hombres han jugado al contrario, rebelándose contra las convenciones. Pero sobran los ejemplos del fin terrible que espera a los que abandonan el sendero trillado, y esta leyenda de terror sirve de aglutinante social, envolviendo la existencia de los hombres en una gelatina cómoda y viscosa que llamamos sentimiento de pertenencia. Este medio denso permite a los depredadores controlar con poco esfuerzo su ganado.
La viscosidad excesiva de la sociedad vuelve a los hombres lentos y condicionados, dando a los depredadores invisibles sosiego y comodidad. Mientras más comprometido un ser humano, más controlable. Mientras más invierte de su energía en favor de una institución, menos esfuerzo reclama de los depredadores y más favores recibe. Este es el incentivo invisible de las instituciones sociales y es en gran medida la garantía de su éxito.
Claramente los hombres enllentecidos desde su nacimiento perciben natural su necesidad de agruparse, pues ignoran otra condición. La soledad exterior es tortura para muchos, y el silencio interior es irresistible. Aun cuando el espacio visible esta vacío a la vista, el mundo interior se llena de seres que se proyectan como sombras desde y hacia las regiones invisibles. Estas formas mentales, sean percepciones directas o recreaciones de la psique, tienen un aroma intenso en el mundo invisible que atrae y fascina a los depredadores. Por ello, la compañía del hombre es siempre numerosa, sobre todo en la soledad.

Sobre la Religión

En nuestros días es general la creencia de que el sentimiento religioso surgió en la veneración de las fuerzas de la Naturaleza. Siempre desde nuestra perspectiva egocéntrica, nos proyectamos mentalmente en nuestros ancestros y temblamos de temor con sólo imaginar el peligro de la vida precaria. Y nos maravillamos al ver “ingenuamente” el poder del “Rayo” o del “Océano”. Pero en este viaje, olvidamos dejar atrás nuestras creencias modernas, que empañan con manchas anacrónicas el lente de nuestra comprensión.
El establecimiento del universo cosmogónico del hombre es contemporáneo al surgimiento de la Humanidad misma, y por ello, resulta inútil estratificar la amalgama semiconsciente de fuerzas que dieron forma a la Primera Civilización. No puede asegurarse que el temor ingenuo antecedió a la veneración, pues coexistieron demasiado para ser separables. Con tal incapacidad, y por no perder el propósito de este Tratado, resulta más conveniente explorar el lado invisible de la religiosidad humana.
Cierto es que el Génesis del Hombre está plagado de sombras inequívocas que delatan la presencia activa de los depredadores invisibles.
Desde el Comienzo, la percepción mágica del Mundo adorna con cualidades humanoides a los Elementos y a todas sus Manifestaciones, reflejando primero el rudimento y luego la plenitud del Egocentrismo que sirve de esqueleto al Cuerpo Arquetípico del Hombre. Esta proyección es recíproca, pues las imágenes mentales proyectadas son enriquecidas en el Espacio Invisible, y regresan para nutrir la actividad humana. Y son precisamente los depredadores invisibles artífices y cómplices de esta retroalimentación. Un ejemplo nítido de reciprocidad es el Fetichismo Religioso.
El Tótem es la representación de un poder que por su influencia en la vida de la comunidad es digno de veneración. Detrás de esta realidad, el Fetiche sirve de anclaje a huestes de depredadores invisibles que toman por referencia su reflejo en el espacio arquetípico. Del mismo modo que los carnívoros migran en las praderas con las lluvias siguiendo a sus presas, los depredadores invisibles migran con los aguaceros de fervor de los adoradores buscando alimento. Y al ganar especialización, se identifican con el Arquetipo del Tótem y lo enriquecen con manifestaciones obvias.
Logran incluso, cuando su habilidad y empeño lo propician, interacción directa con los hombres, dando origen a formas de estratificación social. Sacerdotes, magos, videntes, chamanes, mediums, profetas, oráculos y tantos otros nombres reciben los portadores del Don, que vale decir, no es privilegio ni designio humano. En muchas culturas, estos “elegidos” gozan por su condición, razón para que algunos finjan serlo. Ciertamente, sean farsantes o no, todos contribuyen a saciar el apetito de los depredadores invisibles.
En ciertos casos, la fortaleza de los depredadores es tal, y la aprensión de los hombres es tan ferviente que las huestes invisibles se permiten manifestaciones materiales que demandan gran cantidad de Energía, pero que sin duda producen un gran impacto, aumentando el número y la intensidad de los adoradores del Tótem. Tal es el balance que deben respetar los depredadores invisibles, para acrecentar el poder de su Fetiche.
Y de esta suerte el Tótem resulta un sumidero de hombres, un esófago invisible que traga la mente colectiva y permite a los depredadores saciar su apetito de un modo fácil.
Cuando este proceso de engullición prosigue con la total pasividad de los hombres, recuerda la marcha del ganado hacia el matadero. En cambio, cuando las víctimas se hacen devorar consciente y gozosamente, evoca la imagen de la toxicomanía. No importa cuanto nos dañe o nos beneficie, si lo ignoramos o lo gozamos a sabiendas, repetiremos el ciclo continuamente, mientras queden fuerzas.
De esta realidad sacan provecho los depredadores, propiciando su anonimato o procurando el consentimiento de los hombres a través de experiencias de euforia ligadas al Fetiche.
Muchas de las actividades que tomamos por vicios o por virtudes son fomentadas igualmente por los depredadores invisibles, con el simple propósito de alimentarse de la inmensa cantidad de formas psíquicas que produce un ser humano en éxtasis. Mucho de la santidad y del pecado de nuestro mundo tiene origen común, y es nuestra visión parcial y condicionada la que establece la distinción entre lo uno y lo otro.

Sobre la Educación


El alma del Hombre colapsó hace tiempo por la continua presión que sobre ella ejercían las fuerzas visibles e invisibles y de esta maceración se liberó un elixir que hoy llamamos Sociedad. Y de la combustión de
la Sociedad surgieron muchas otras sustancias que forman la diversidad de la Cultura y la Espiritualidad Humanas.

Este proceso alquímico de maceración y combustión se repite cotidianamente, en cada existencia individual, a través del proceso de aprendizaje y adaptación que comienza en la familia y no termina hasta la tumba.

La expresión más clara de esta transformación psicológica se alcanza en las instituciones educacionales, bien llamadas escuelas. Sería interesante notar un posible origen etimológico de la palabra “escuela”.

En lengua itálica moderna (y probablemente en latín antiguo) la raíz “scola” es utilizada para hacer referencia a los términos escolares: “scolastico”, “scolare”, “scuola”. Al mismo tiempo, esta palabra se usa en Italia para denotar los objetos que retienen los sólidos y permiten drenar los líquidos, como es el caso del “scola pasta” (especie de colador usado para escurrir el más popular de los alimentos italianos después de la cocción). Esta ingenua coincidencia arroja mucha luz sobre la naturaleza de las instituciones de enseñanza.


En las escuelas, los aprendices son sometidos a un proceso de drenaje selectivo, que retiene algunos materiales psíquicos y desecha otros. Poco agrega el proceso de enseñanza a las sustancias que estaban latentes o explícitas en los pupilos. Más bien, elimina aquellas que por su cantidad o por su inconveniencia opacan al resto.


La enseñanza y el aprendizaje están marcados por la negación de ciertos comportamientos e ideas, que produce la afirmación tácita de sus contrarios. Ambos crean el ciclo interminable de la tradición, pues todo lo aprendido será enseñado para ser aprendido nuevamente.

Este drenaje que llamamos Educación, suele ser doloroso, pues desgarra las ligaduras sutiles que atan la psiquis humana. Junto con el “líquido” drenado se escurre mucho de lo bueno y de lo malo del hombre. Y todo el material que para la sociedad es desecho mental, sirve copiosamente de alimento a los depredadores invisibles.

No es casual entonces que los depredadores tomen tanto interés en las instituciones educacionales y como reflejo, que la sociedad las tenga por imprescindibles.

A la luz de estos argumentos, podemos repasar el Génesis de la Sociedad y redescubrir las huellas invisibles de los depredadores. Ciertamente, la maceración del Alma Humana dio origen al polvo que hoy llamamos Civilización, pero las manos del artífice y el mortero que sirvió al propósito llegaron del Mundo Invisible. Y también es cierto que la Combustión de la Sociedad liberó los gases de la Cultura, mas su chispa inicial fue el apetito de los depredadores y su carburante fue y sigue siendo el Progreso.

La educación, la instrucción y todas las formas de enseñanza son el eco del sonido primordial, que rebota de las paredes distantes de la Religión, la Cultura, la Filosofía, y se proyecta en el pensamiento condicionado y próximo. Son un puente entre las potencialidades de la mente concreta individual y los condicionamientos de la Conciencia Colectiva. Un puente que une dos parajes antagónicos e inseparables, permitiendo que las formas psíquicas viajen del Exterior a lo interno en forma de lenguaje, y que regresen luego, coloreadas con las tonalidades de la mente, para enriquecer el Pensamiento Abstracto.

De este intercambio, que bien recuerda al Comercio, los depredadores invisibles sacan provecho. Su actividad podría comparase con la de los cobradores de aranceles aduanales. Toda caravana de pensamiento debe pagar un tributo a los depredadores invisibles para atravesar el Abismo que separa a la individualidad, escondida en el Bajo Cielo, de la vida Colectiva del Cenit Social.

Fe, Expansión, y Filosofía tienen su morada en el Exterior, en la casa que antecede al Cenit. Al proyectarse desde lo alto sobre el individuo, sobre la morada que antecede al Bajo Cielo, se transfiguran en Dogma, en Desdoblamiento y en Lenguaje. Esta proyección distorsionada es precisamente un resultado de la Educación.

Cuando el Pensamiento Abstracto se traduce en Lenguaje, comienza para el individuo la diferenciación de los objetos, la comprensión de sus límites físicos, la pérdida de esa condición indiferenciada que llamamos inocencia. Cuando la Expansión se cristaliza en la mente concreta, se fragmenta en pequeñas porciones mentales, que son selectivamente “drenadas” durante el aprendizaje. Las que se retienen, pasan a formar parte de nuestra personalidad, las que se desechan, son tiradas a la Sombra, donde los depredadores invisibles celebran su banquete. Este Desdoblamiento del hombre en Luz y Sombra es doloroso y cruel. Sus secuelas, o más bien, sus consecuencias, son la raíz de gran parte de los sufrimientos del individuo y de la Sociedad.

Por último, cuando la Fe se trastoca en Dogma, el adoctrinamiento del hombre ha llegado a su clímax. No sólo ha sido privado de su originaria condición indiferenciada, no sólo ha sido desmembrado y devorado en vida, ahora es forzado a renunciar a su condición divina. El Amor se disfraza de Moral, el Deseo se tiñe de Culpa y la Libertad es pisoteada por la Obediencia. Con este sello invisible los depredadores cierran la puerta que comunica las necesidades instintivas con las aspiraciones individuales. Sin el apoyo de las primeras, estas últimas quedan a merced de la Doctrina, y entre tanto, la energía instintiva y disipada, priva de propósito en sí misma, es puesta en función de la Colectividad, en función del apetito de los depredadores invisibles.

Este es el propósito invisible de la Educación: establecer fronteras artificiales en la mente individual y colectiva del hombre, limpiar de toda aspiración inconveniente su corazón, y esconder la condición trascendental de su alma. Todo esto para convertir al ser humano en una bestia dócil y fácil de manejar, apta para el consumo y con una elevada productividad, el modelo ideal del “buen animal de cría”.


6 comentarios:

santospao dijo...

Me resulta interesante, aunque un tanto dificil de leer.
¿de donde viene?

Yudhiistira dijo...

Gracias por tu comentario santospao. Ciertamente es un texto denso. Y resulta dificil seguirlo en la pantalla del ordenador, pero esta es la forma más eficiente de compartirlo . Este escrito esta siendo transcrito por partes desde hace algunos meses. La fuente es desconocida aún. Al parecer no es obra de una sola fuerza, pues escapan pequeñas variaciones de estilo en el lenguaje.

Fiona dijo...

Hola mi nombre es Fiona, me sorprendio mucho este texto, ya que es la primera vez que leo algo parecido desde que escuche una conferencia de Carlos Castaneda tratando el mismo tema, en su ultimo libro "el lado activo del infinito" existe un capitulo llamado las sombras de barro, que habla de lo mismo.

Fiona dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Yudhiistira dijo...

Saludos Fiona. He leìdo "el lado activo del infinito". Es un libro muy interesante. Debo confesar que mientras lo leìa un temor extraño se apoderò de mì. Al compartir esta sensaciòn verbalmente con una amiga, surgiò la idea de transcribir este "Breve tratado sobre los depredadores invisibles" Y hablo de transcribir y no simplemente de escribir, pues cada vez que logro trabajar sobre el borrador del texto completo (que no es siempre ni completamente a voluntad), un entusiasmo exògeno se apodera de mì, como si las palabras tomaran vida propia. Sè que suena muy loco, pero siento que ciertas cosas quieren ser dichas por sì mismas y yo soy un simple vehìculo... sin "fumarme" nada! :)

Yudhiistira dijo...

Gracias por tus comentarios. Me alegra mucho que hayas encontrado la raìz de este escrito, pues pocas personas saben que comencè a transcribir el "Breve tratado..." despuès de comprender algunas ideas subyacentes en el discurso de Castaneda. Gracias de nuevo.