domingo, 20 de mayo de 2007

Sobre el origen y la evolución de la Vida en el Planeta Tierra

En el principio era una masa incandescente de polvo cósmico y de gases que gravitaba en torno al Sol. Las continuas y colosales erupciones liberaban de la superficie burbujas de materia agitada y oscura, ahogando el sordo resplandor con una espesa atmósfera de polvo. La lucha continua y violenta de las entrañas por abrirse paso hacia el Vacío, liberó el calor que causaba su agitación, y el Planeta Tierra vivió con total entusiasmo su primer diluvio, copioso, interminable, pero incapaz de inundar los ríos de fuego. Varios miles de diluvios fueron necesarios para que el fuego cediera espacio al lecho del Mar Primordial, hirviente y turbio.

Los Ojos del Sol, que en nuestros días todo lo ven, no podían atravesar con sus rayos la espesa niebla de entonces. No había otra Luz que la nacida de las profundidades.

La energía del Abismo, aplacada por la fecundidad del Mar, combinó ciertos elementos en amalgamas diminutas, que por fuerza y edad, se juntaron en nuevas amalgamas, más diversas y más juntas. Con tal lentitud nacían las nuevas alianzas de los elementos, y con tal rapidez eran deshechas por el devorador empeño de su Padre, que sólo aquellas que lograron multiplicarse por sí mismas, escaparon de la muerte, transmutando la informe energía que les dio origen en medios para sobrevivir y hacer sobrevivir a sus propias emanaciones. Así, el calor sombrío y renegado de las profundidades, reveló al Planeta Tierra el más preciado de sus arcanos: la Vida.

Las Tres Aguas del Mundo dieron su chispa seminal, su vientre y sus pechos a los nacientes hijos del Abismo que habrían de multiplicarse y poblar todo el Océano Visible e Invisible. El agua cálida, turbia y plutoniana de lo Profundo les dio el hálito. Su hermana, el agua vasta y oceánica de Neptuno les dio su seno por cobija. Y por último, el agua dócil y fértil, que mueve las mareas líquidas y etéreas, les amamantó con el Limo Lunar, néctar de vida y misterio de fecundidad.

La Triada de Fuego dio continuidad a la obra del Triángulo de Agua, y surgió así el rudimento marcial de animalidad, que impulsaba a los seres para luchar por su existencia. Este precario Instinto Vital, disoluto y ciego, aprehendió pronto el sentido del Progreso, a fuerza de la implacable y benevolente Selección que perpetuó los mejores intentos.

Entre tanto, las bocanadas de humo y cenizas de la superficie fueron suavizadas por el agua y el frío del Vacío. La Atmósfera primitiva se hizo menos densa y los destellos de Luz Solar se filtraron como relámpagos entre las nubes. El prodigio de la Vida escapó del Abismo buscando la Luz. Y el Sol, que vio por vez primera aquellas extrañas criaturas, las adoptó como suyas de un modo tan intenso que incluso el recuerdo de su origen fue privado de toda evidencia.

El sentido de individualidad más primitivo, la necesidad de preservación, motivó la expulsión de los primigenios Hijos del Paraíso Infernal donde habían sido creados. Comenzó para el Planeta Tierra, con este acto plagado de ingenuidad, el lento y perenne éxodo de las Sombras desde lo Profundo hacia la Superficie, el Ciclo interminable de Caída y Redención.

Pronto la prosperidad crió el oportunismo y junto a los Hijos adoptivos del Sol, crecieron los primeros depredadores, diminutas formas de Vida capaces de nutrirse de sus congéneres. Esta intensa lucha por comer y no ser comido, dio un nuevo impulso a la Evolución. La Complejidad ganó terreno y abrió las puertas a la Diversidad. El vasto Océano se plagó de una variedad insospechada e incomprensible.

En las fronteras del Reino de Poseidón, el fuego del Hades fluía aún, librando su última gran batalla y dejando a su paso montones de cadáveres de roca sólida. Derrota, tras derrota, la Fuerza plutoniana que dio origen a la Vida, fue replegada hacia el Abismo, cubierta de un cascarón sólido por cuyas grietas, cada vez más pequeñas, escapaba su furia impotente y vencida.

La explosividad latente de los Infiernos, hundida en lo más profundo de la Mente del Planeta Tierra, no aceptaría nunca su nueva condición y se revelaría una y otra vez, ora con estremecimientos espantosos, ora con Invisibles Alientos de muerte y maledicencia hacia los Hijos que renegaron de su Padre Original. No podría esperarse entonces de los Hijos más que el Temor. Y de su Padre Adoptivo y Señor de la Luz, la condena tácita de toda reminiscencia del Padre Renegado y de su Sombras. Cielo e Infierno fueron separados en igualdad de condición por una corteza maciza y por un velo sutil. El Planeta Tierra sintió por primera vez la diferencia entre Bien y Mal, o más bien, la inventó para favorecer a los Hijos del Sol. Huir al Dolor y procurar el Placer se convirtió en el método de la Vida. Curioso es que la naturaleza ilusoria de esta diferencia fuera enterrada junto con las Sombras, haciendo del Nuevo Paraíso una prisión inconsciente.

El Tiempo no se detuvo, y con Él, las enormes mareas lunares arrojaron mantos de agua sobre el suelo árido, que aun conservaba el olor del Azufre. Tal vez acudiendo al llamado silencioso de ese olor, o quizá huyendo de la furiosa lucha por la supervivencia, la Vida incursionó en tierra firme, tímida y resueltamente. Pero sus flácidas formas no eran aptas para soportar el propio peso. Sólo las criaturas astutas que procuraron sostener sus entrañas con pilares firmes y protegerlas con cortezas sólidas, sobrevivieron la sequedad que dejaban tras de sí las lunaciones.

Los nuevos dueños del suelo fueron acogidos por el Triángulo de las Tierras. La primera de las Tierras y la más antigua de tres, les dio forma corpórea, dotándoles de la capacidad de erguirse hacia el Cielo. La segunda Tierra, plena de movimiento, les dio la capacidad de mudarse, y el don de mudar a sus hijos y a sus esporas con el Viento. Y este Viento espació la Vida por la Superficie, estableciendo el dominio de los Hijos del Sol y de su descendencia, y de todas sus emanaciones sobre el Planeta Tierra.

El Reino Viviente recibió las bendiciones de la tercera Tierra, quien reunió bajo sus pies los Instintos Vitales de cada criatura en un Sentimiento de Compasión Planetario, femenino, seductor y fuerte como el Toro. Se multiplicó desde la espiga herbácea y frágil hasta las manadas de troncos firmes, cuyas ramas y hojas no desperdiciaban ni una chispa de Sol. El Árbol de la Vida engrandeció sus ramas y floreció a plenitud en contentamiento y gozo. Toda comodidad fue completa.

En el trasfondo de este Escenario, se movieron siempre las fuerzas casi intangibles del cuarto Triángulo, el Triángulo de Aire. Aun desde los tiempos en que la Vida no conocía otro hogar que el Abismo, ni otro alimento que el fuego plutoniano de los Infiernos, algunos seres recibieron el don excepcional de transmutar el calor de sus cuerpos y la naturaleza de sus elementos en Luz. Esta, sin dudas, fue la primera Reivindicación de las Sombras, generosamente obsequiada por el más antiguo de los Aires con su inesperada antelación, pues para entonces, antes de la Ascensión de la Vida a la Superficie, no existían ni Renegados, ni Redención.

También la electricidad vital que agitaba las más diversas formas de Vida, y la capacidad de irritarse y de responder al Mundo, fueron regalos del mismo Aire incontenible, que cual Prometeo, entregó estos Arcanos a los mortales. Su hermano, el segundo Aire, Arconte de Justicia que en la Era de las Sombras compartiera Domicilio con el Príncipe del Abismo, estableció el Equilibrio en las Seis Direcciones del Espacio, en el Antes y el Después, y en el Dentro y el Fuera. Aprehendida esta capacidad de resistirse al cambio, los Hijos de Plutón huyeron de su Padre hacia el Sol, llevando vivo por el vasto Océano su pequeño fuego interior.

El tercero de los Aires, reservó para el Reino un don inigualable, la capacidad de adaptación, propia del metal líquido. Siendo la naturaleza de este Mundo el Cambio continuo, adaptarse fue la primera necesidad de toda existencia. Así, el Triángulo de Aire, selló con el éxito la empresa de la Vida, llevando por los Cielos y por los Infiernos el mensaje de su Triunfo.
Desde el Origen y hasta el Fin, los cuatro Triángulos conspiraron continua y auspiciosamente en favor de los Vivos y de los Muertos. El Cielo y el Abismo, que son el mismo y a la vez son Dos, enfrentaron sus Ejércitos de Arcontes en un acto de sacrificio supremo, para dar al Sostenedor de los Mundos los materiales sutiles y gruesos de su Reino. Sabido este acto de Compasión sin límites, puede imaginarse la Inmensidad del Amor que estableció los roles en el Drama Cósmico, del cual, la Vida en el Planeta Tierra es sólo un minúsculo episodio.

Terminado de transcribir en La Habana el Sábado 2 de Diciembre del año 2006 a las 22:30 horas.

Yudhiistira & Anubis V

No hay comentarios: